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mayo 25, 2022
Entre nos...

Adriana Macías, la mexicana que nació sin brazos, pero encontró su liberación en los pies

Paola Tejada San Martín – TalCual.bo

Adriana Macías es, hoy por hoy, una de las más importantes conferencistas mexicanas. A partir de su propia experiencia de vida, le enseña a la gente a vivir mejor mirando al interior y descubrir, en lo más íntimo del ser, el camino de superación personal.

Nació sin manos, pero nunca se dio a sí misma el chance de lamentarlo. Construyó una vida usando sus pies para hacer las cosas, desde las más cotidianas y personales, hasta las más sofisticadas que encontró en su camino. Desde niña desarrolló todo tipo de herramientas para mejorar su calidad de vida y, con esa acumulación en el alma, sistematizó su aprendizaje y empezó a escribir para ayudar a la gente a alcanzar sus propias metas.

Es licenciada en Derecho y en Psicología. Desde hace más de 20 años le habla a la gente en todo tipo de escenarios para motivarla, en conferencias que le han valido para ganar importantes galardones en su país y fuera de él. En 2010, por ejemplo, le otorgaron el “Premio Mujer Extraordinaria” y en 2013 el “Premio Nacional de la Mujer”, entre varios otros.

Adriana escribió tres libros. El más reciente es “Enamórate de ti”, en el que motiva a la gente a amarse a sí misma, a reencontrase consigo misma y a volver a empezar. Es un escrito que ya se vende en todos los países de habla hispana del continente y en Estados Unidos, con el que le enseña a sus lectores a empoderarse de sí mismos, dejando atrás los prejuicios, estereotipos y estigmas sobre su propio cuerpo y les muestra el valor del amor propio.

“Hay heridas que en lugar de abrirnos la piel nos abren los ojos”, es una poderosa frase con la que Adriana penetra en las fibras más íntimas de las personas y les ayuda a descubrirse a sí mismas como artífices de su propio éxito y superación.

Con una hermosa sonrisa y un gran cariño nos recibió en una entrevista por zoom. Esa es parte de la conversación.

P. ¿Quién es Adriana Macías?

Soy una mujer que no tiene manos y que hace las cosas con los pies. Empecé a compartir mi testimonio de vida en diferentes auditorios para jóvenes, adultos, en varios escenarios y en distintas empresas y todo esto ha sido, para mí, un maestro de vida porque empecé bien chiquita, hace 23 años, cuando todavía me faltaba mucho por aprender, mucho camino por recorrer, muchas cosas que madurar.

A lo largo de este tiempo he recibido muchas lecciones de vida, mucho cariño y mucho amor del público y eso me ha servido muchísimo para seguir con el compromiso que tengo, pues todos tenemos malos momentos en nuestras vidas, pero gracias al cariño de las personas yo he podido enfrentar y superar esos retos que la vida me ha presentado. Hoy en día soy mamá de una princesa de seis años.

P. Cuando tu hija se dio cuenta que no eras como las otras mamás, ¿cómo encaraste la situación?

La primera vez que me preguntó tenía un año y medio. Me sorprendió porque pensé que me iba a preguntar sobre esto cuando fuese algo mayor. Me dijo: ‘mamá, mamá’, se subió la manga de su polera y me señaló su brazo. Yo le respondí simplemente así: ‘mami no tiene brazos; mami es así’. Desde entonces, periódicamente, me volvía a decir ‘mami no tiene brazos’, hasta que un día le dije así: ‘mi amor, ¿dónde crees que estarán los brazos de tu mamá?’ Ella me dijo: ‘en la luna’, y le contesté: ‘ándale, ahí están muy bien’.

La última vez que me mencionó el tema fue a los cuatro años –lo tengo bien grabado­– cuando le pregunté otra vez: ¿dónde están los brazos de mamá?’ Y me respondió nuevamente: ‘en la luna’. Fue entonces cuando se me ocurrió decirle: ‘¿y si hacemos un cohete, vamos por esos brazos y buscamos quien me los ponga?’ Ella me hizo una cara así como rara, como diciendo ‘no mamá’. Como que en ese momento ella asumió que su mamá es ésta, sin brazos, y que si le ponen los brazos ya no sería la misma.

P. Como mujer y madre, ¿cuánta importancia crees que tiene en la vida de las mujeres el amor por nosotras mismas para enfrentar las cosas con más seguridad y con más valentía?

Yo creo que nunca debemos hacer un sacrificio por el bienestar de alguien más. Es válido hacer sacrificios por el bienestar propio, por ejemplo: no voy a comer chocolate hoy porque eso me sirve para mi elasticidad, pero si yo hago el sacrificio de no comerme ese chocolate por el bienestar y la salud de mi hija, a ella no le sirve, ¿no es cierto? Es muy importante pensar si con nuestro sacrificio nuestras hijas y nuestros hijos van hacer más felices.

Las mamás y los papás del mundo nos equivocamos y decimos: nos tenemos que sacrificar por el bien de nuestros hijos. Pero antes del sacrificio, creo que es necesario recordar una frase que a mí personalmente me encanta: “el ejemplo es una orden silenciosa”, entonces si tu hijo o hija te ve feliz, va a buscar ser feliz. Oye mi mamá siempre estaba cantando, yo también voy a cantar; oye mi mamá siempre estaba alegre y yo también voy a estar alegre.

Lo más importante para los papás y mamás va a ser dejar de lado el sacrificio por los hijos. Todos los sacrificios que hagamos por los demás serán en vano. Es válido dejar de hacer un sacrificio por nosotros, pero por los demás no. Ese es el primer paso. El segundo paso es compartir, ser disciplinado y enseñar con el ejemplo.

P. En este tiempo de la Covid-19, ¿cómo ordenaste tu vida y cómo enfrentaste las adversidades?

Yo soy una aprendiz, igual que todos. Pero pude darme cuenta que con el encierro los seres humanos aprendemos a tener una conexión real con nosotros mismos. No había distractores, no se podía salir a un restaurante o ir tomar un café, teníamos que hacer a un lado nuestro pensamiento, porque, como estábamos encerrados –y algunos hasta solos–, nuestra voz interior empezó a hablar. Y nosotros no teníamos más que escuchar lo que decía.

Es muy importante escuchar nuestra voz interior. A veces esa voz interior es tan directa que nos genera confusión, nos genera ansiedad, pero, más allá de darle rienda suelta a cualquier debilidad que pudiera surgir, hay que escuchar esa voz interior para empezar a actuar. Hay que escucharla porque al hacerlo, nos escuchamos a nosotros mismos. Esa voz interior nos dirá si estamos felices o no estamos a gusto; nos dirá si algo nos hace falta. Nos dirá si no nos sentimos valorados y también nos dirá qué nos hace falta.

¿Nos sentimos poco valorados? La mejor respuesta a esta pregunta va a ser reconocernos en nuestro entorno, reconocernos en nuestra pareja o en nuestros hijos y ver si realmente no valoran nuestro esfuerzo. Podría venir, por ejemplo, la respuesta de “me siento menospreciada” y ahí es donde debo decir que, en vez de empezar a pedir a los demás que nos valoren, es muy necesario empezar a pedirnos esa valoración a nosotros mismos. ¿Acaso tú te has valorado? ¿Acaso te has dedicado tiempo a ti misma? ¿Acaso te respetas? ¿Acaso te has cuidado? ¿Acaso te has apapachado? ¿Te has consentido? ¿Te has dicho que te amas?

Cuando nos sentimos menospreciadas, o creemos que no nos valoran, el primer reclamo va a nuestras parejas: ¿me amas? Buscamos confirmar cosas. Pero me encantaría que hiciéramos esa pregunta cada vez que nos vemos al espejo: ¿Me quieres? ¿Me amas? Y esto porque la mejor manera de desarrollar amor propio es empezar a querernos nosotras mismas y eso también es empezar a tener todos esos detalles que usualmente tenemos con esa persona que amamos, con nosotras mismas.

Hay que enamorarnos de nosotros. ¿Y cómo nos podemos enamorar de nosotros mismos? Dedicándonos tiempo. Hablándonos de una manera correcta. A veces nos vemos a nosotros mismos de una manera que no se lo permitiríamos a nadie y está en nuestras manos hacerlo mejor. Hay momentos en que nos presentamos –por eso de la confianza– de una manera en que verdaderamente no quisiéramos, porque empezamos a decir: como ya te tengo confianza hoy no me bañé; como te tengo confianza ya no me arreglé; como ya me has visto desmaquillada y como te tengo confianza, ya no me pinté y eso va creando algo que tú no eres y no quieres ser.

Es muy importante hablarnos con amor, con cariño, con cuidado, a nosotras mismas. A veces nos convertimos en las mejores consejeras de los demás y damos muy buenos consejos; pero cuando nos hablamos así, con esa serenidad, con esa paz y con ese amor a nosotras mismas, los resultados pueden ser increíbles. Es hermoso sentarte frente al espejo y decirte a ti misma: mira, te voy a aconsejar, y empiezas a aconsejarte a ti misma como le aconsejarías a una amiga y te dices, por ejemplo, que esa persona con la que estás no te quiere y que si sigues con ella te vas a seguir lastimando. Es bueno ser sinceras con nosotras mismas y decirnos, mira vamos a ser honestas, esta situación no va a cambiar y te lo digo con todo el amor del mundo, yo quiero algo mejor para ti, tú te mereces alguien mejor.

Este encierro por la pandemia también nos sirve para tomarnos un café con nosotras y también para sentarnos con todas esas inseguridades, con nuestros miedos y preguntarles qué están buscando, qué están haciendo, qué quieren conseguir con nosotras. Con en esa plática, sincera y honesta, sin tanta agresividad, podríamos encontrar respuestas muy productivas.

P. ¿De todo esto nos hablas en tu último libro?

Así es. Estoy enamorada de este libro, que se llama “Enamórate de ti”. Es un libro que escribí con toda la intensión de ayudar a descubrir que somos unos seres muy amorosos. Eso es lo primero que quiero que descubran en este libro: que somos unos seres tan cariñosos que somos capaces de hacernos a un lado por completo a nosotros mismos y nos dejamos en el olvido para darle prioridad a otras personas y empezamos a decirnos ‘yo me lo pinto así porque yo sé que a mi suegra le gusta’; ‘yo me pongo esta ropa porque a esta otra persona le gusta’, y que nos vamos poniendo y quitando parches, sin estar seguros y dejándonos a nosotros mismos a un lado.

Tú crees que esa es la moda y que eso te gusta, pues tú te lo pones. Eso es lo más importante.

En este libro, “Enamórate de ti”, les platico un poquito de mi historia desde el inicio. Les platico de cómo descubrí el amor, de cuál era el concepto que tenía y de cómo adquirí una deuda emocional; pero, lo más importante, cómo un día me doy cuenta que no le debo nada a nadie.

A veces nos pasa a todos nosotros. Eres mamá soltera y encuentras un chico con el que puedes compartir la vida, te casas y dices: ya me aceptó esta persona con todo y mis hijos –guau–; el otro no se hizo cargo, pero mira, esta persona se está haciendo cargo hasta de mis hijos. ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Cómo puedo devolver todo lo que haces por mí? Te sientes en deuda por eso.

O tal vez esta pareja es más guapetón o más guapetona que tú y le empiezan a coquetear. Al principio lo quieres presumir, pero luego comienzas a sentirte insegura, pues si está muy guapo, todo el mundo le coquetea, pero está contigo y eso te produce inseguridad. Así es como adquieres tu deuda: ¿qué puedo hacer por ti? ¿Qué te compro? ¿Qué te traigo? ¿Qué te doy? Y en estas inseguridades –en estas deudas emocionales que adquirimos– empezamos a pagar a veces precios demasiado altos que van en contra de nosotros mismos.

P. Tu mensaje en el libro es muy personal y no es para un determinado tipo de personas, sino para todos…

Yo lo escribí pensando en mi hija, porque creo que desde que somos niños nos deben enseñar a hacer un hábito del amor propio. Nadie nos enseña a amarnos a nosotros mismos; se nos dice: no seas egoísta, préstale, piensa en los demás, comparte tu tiempo. Nos enseñan a compartir, a dar, pero nunca nos enseñan a amarnos a nosotros mismos, pero lo fundamental es que debemos enseñar el amor propio y hacerlo un hábito en nuestras vidas.

Tenemos que enseñar, claro, a tener la certeza de que todo en la vida cuesta, de que hay cosas que son difíciles, pero que dentro de esa dificultad también hay mucha capacidad, mucho poder y que las cosas se van a ir dando porque vamos a ir encontrando el camino y vamos a ir encontrando respuestas. Yo también, en algún momento, dije no voy a poder; me pregunté cómo voy a sacar a mi hija adelante yo sola y sin brazos; me preguntaba cómo iba a decir que me separé, siendo que yo siempre he hablado de la familia.

Un buen día me pregunté algo muy importante: ¿me gustaría que mi hija tuviera una pareja como la que tengo yo? La respuesta fue no. Y otra pregunta más: ¿Me gustaría que mi hija fuera una pareja como lo soy yo? También fue no la respuesta. Y luego vino la reflexión: no tengo nada que hacer aquí.

Ese día me dije a mí mismo: voy a salir adelante, como siempre, por mi hija. Y, mira, cuando nosotros cambiamos, todo nuestro entorno comienza a cambiar. Así fue como se empezaron abrir puertas y se empezaron abrir los caminos para poder estar aquí, saliendo adelante en plena pandemia, con una niña y sin brazos.

Los medios se dieron para mí y se se van a dar para ti. Ten confianza en ti. Ten valentía de resolver las cosas de la mejor manera. Yo no quiero promover jamás la separación de la pareja, pero sí es importante que nosotros analicemos si mantener una pareja sólo por mantenerla, a precios muy altos en lo personal, es lo más sano para nuestro entorno: para nuestra familia, para nuestros hijos y para nosotros mismos. Insisto: un sacrificio que yo haga por los demás, no va a servir de nada.

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