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mayo 25, 2022
Análisis

Blanquitud y mestizaje

Fernando Molina

El hecho colonial instauró una férrea jerarquía étnico-racial que puso a los descendientes blancos arriba y a los descendientes indígenas abajo. Esto es muy conocido y simple. Una idea más compleja es la siguiente: La existencia de esta jerarquía generó un deseo transversal en la sociedad: el deseo de “blanquitud”.

“Blancura” es una condición fenotípica que se da por nacimiento; en cambio, “blanquitud” es una circunstancia relacional creada por el deseo de los miembros de la sociedad de ser considerados blancos (aunque no lo sean del todo) y entonces escalar en la jerarquía étnico-racial. La forma primordial para obtener blanquitud fue, desde muy pronto, tener vínculos sexuales (sin consentimiento o con él) con hombres españoles (las relaciones con mujeres españolas estuvieron rigurosamente prohibidas para los indígenas). Así aparecieron los “mestizos”, que tenían más blanquitud que los hijos de parejas indias. De inmediato, los mestizos se acomodaron en la jerarquía existente: ya que tenían más blanquitud, eran más prestigiosos que los indios; pero, ya que la tenían insuficientemente, eran menos prestigiosos que los blancos.

Para obtener blanquitud y respeto en la sociedad colonial, entonces, había que saltar de escalón y pasar de indígena a mestizo.

Esto se logró por vías biológicas, pero también por vías culturales. Roxana Barragán ha encontrado indicios en los documentos coloniales de indígenas que comenzaron a ser considerados mestizos por medio de su establecimiento en las ciudades y del aprendizaje del español y de los oficios urbanos.

Desde ese momento -digamos siglo XVII-, la identidad mestiza es doble: puede ser racial, por cruce de hombres españoles y mujeres indígenas, o puede ser cultural, por adquisición de la cultura europea. (Generalmente ambas condiciones se dan simultáneamente, pero puede haber casos de mestizos puramente culturales, algo en lo que insiste Barragán).

Desde entonces hasta nuestros días, esta dualidad se ha mantenido y por eso la categoría mestizo es ambigua: Por definición es biológica; pero por el uso cotidiano es cultural (ya que casi nadie quiere reconocer concretamente que sus abuelas fueron indígenas).

Sin embargo, en el núcleo de ambas subidentidades está una misma cualidad, la blanquitud, la afirmación de que “sangre española corre en mis venas”, la inclinación y la mimesis hacia/con los blancos europeos.

El problema no es el mestizaje entre un padre quechua y una madre weenhayek, como argumentó hace poco, con pobre sofística, el columnista Andrés Gómez. En la vida real y, desde el punto de vista de la autoidentificación cultural, que es la única que le interesa a un Estado democrático, el hijo/a de un quechua y una weenhayek es un indígena, no un mestizo. En nuestro país, el concepto mestizo está siempre asociado a la blanquitud.

Al tener dos valencias (cultural y biológica) la identidad mestiza es múltiple y flexible. Los ejemplos de mestizaje pueden ser infinitos, como ya nos demostró minuciosamente uno de sus teóricos, Carlos Toranzo. Lo que Toranzo nunca dijo es que en todos los múltiples casos que él había enumerado implicaban, siempre, blanquitud.

Hoy el mestizaje se convierte en el mantra aspiracional de las clases medias nacionales en contra de las políticas pro-indígenas que se han implantado desde fines de los años 80 en el país. Lo que esas clases -muy numerosas- reclaman cuando piden que se los “reconozca” es un espacio oficial en el que su blanquitud tenga valor. “A los mestizos hay que borrarlos del espectro social y dejar (como por arte de magia) el espacio solo a aquellos que podían representar una expresión cultural indígena”, protestó hace poco el columnista Renzo Abruzzese. 

El hecho de que la Constitución haya convertido a Bolivia en un país indígena es hiriente para los descendientes blancos. Que se les endilgue indigenidad los ofende (aunque eso contradiga su autoidentificación mestiza). En Bolivia no solo hay indios, también estamos los  que “somos altos y somos gente blanca y sabemos inglés”, dijo con cierta indignación una miss Bolivia en una ocasión. El mismo sentido tiene recordar que alguna vez se tuvo una abuela francesa, un apellido alemán, etc.

Esta demanda identitaria es la que dio fuerza y cuerpo al proyecto político que emergió en 2018-2019, como señaló en su momento el académico Rafael Loayza. Nadie ha negado consistentemente que este proyecto buscara la suspensión de las políticas de afirmación positiva de lo indígena de las últimas décadas, entre ellas la principal que es el Estado Plurinacional.

La politización de la identidad mestiza a través del debate sobre el censo de este año se alinea con el proyecto de 2019, pese al notorio fracaso de este. Los principales voceros de esta politización son personalidades, como Carlos Mesa u Óscar Ortiz, que difícilmente toleran el Estado Plurinacional. O que son sus enemigos declarados, como Rómulo Calvo.

El razonamiento es: si decimos que somos mestizos, entonces ya hemos reconocido que estamos constituidos por una parte indígena, por lo que el problema étnico-racial está resuelto. Y si la mayoría es mestiza, ya no necesitamos un Estado Plurinacional; debemos volver a la República.

Si el núcleo de lo mestizo es la blanquitud, en su politización, su orientación principal debe ser el anti-indigenismo.

El proyecto contrario al Estado Plurinacional, motorizado por los sectores de la población que poseen blanquitud, explica, por contrapartida, una buena parte de la mayoría electoral que ostenta el Movimiento al Socialismo (MAS). Tomemos en cuenta el dato más evidente. En el censo de 2012, 2,8 millones de bolivianos se identificaron como indígenas. Suponiendo que está cifra cayó hasta 2020, digamos que en ese año solo 2,5 millones se consideraban indígenas. Como se sabe, el MAS obtuvo entonces 3,3 millones de votos.

Mauricio Foronda ha mostrado, usando las encuestas de empleo, que la autoidentificación indígena en las ciudades cayó fuertemente entre 2016 y 2019, pero subió abruptamente en 2020 (para luego volver a caer). Me parece obvio que este repunte recogió la reacción de los descendientes indígenas frente a la arremetida de ese año contra el Estado Plurinacional. Por eso acabo de decir que el proyecto de politización del mestizaje y retorno a la República, que ahora se quiere replantear, ya fracasó y lo hizo recientemente. La élite blanco-descendiente debería tomar en cuenta este fracaso, pero no le resulta fácil: las pulsiones identitarias son muy difíciles de controlar. Si alguien necesita airear a su abuela francesa difícilmente un cálculo táctico se lo va a impedir.

Además, la élite blanco-descendiente, es decir, “mestiza”, vive de espaldas al mundo indígena, así que poco le importa los efectos que sus campañas podrían causar en él. A la inversa, la contra-élite masista vive de espaldas a la clase media tradicional, así que le importan poco los efectos sobre ella que pueden tener la forma en que está operando el delicado asunto del censo (sin empatía con la aspiración a la blanquitud, que es una realidad social, dijimos, trasversal a toda la población).

En suma, la polarización étnico-racial se manifestará amplia y agudamente este año en torno al conflictivo censo de población y vivienda.

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